Después de dejarnos en el muro de la presa
nuestros taxistas Andrés y Francisco José, iniciamos la marcha por el margen
izquierdo del río según se baja. El comienzo por este lado es más complicado
debido a la fuerte pendiente, pero al final va a merecer la pena, no ya por las
alambradas de los cortijos de Linarejos, la Retamosa , el Buho entre otros, que hay en aquella
orilla, sino que por esta vertiente vamos a toparnos con las ruinas de dos
molinos que yo ni sabia que existieran.
La ruta a pesar de sus casi diez kilómetros
por terreno virgen con el que solo cuentas en determinados momentos con unas
rudas pero muy
eficaces veredas de ovejas que también utilizan algún que otro
venado o jabalí, se hace corta, ya que cada rincón que vas descubriendo te
emboba y te hace olvidar que los minutos, las horas, van pasando en el reloj y
el puente de Pellejeros aun queda retirado.
Este
recorrido por el río Guadamatilla es una muestra, ya sea a nivel cinegético,
botánico o geológico de la gran riqueza que poseemos en nuestra tierra para
practicar senderismo, lo tenemos a la vuelta de la esquina, sin necesidad de
largos desplazamientos. Solo tenemos que cogerlo.
Retamas, tamujos, encinas, álamos, perdices,
conejos, zorros, la huella del jabalí,
la del venado, las formaciones rocosas dibujando hermosas cabreras o el granito
pulido por el paso del agua, son verdaderas joyas que forman parte de esta ruta.
Y al final, como premio el puente romano de pellejeros, eterno, impasible y
desgraciadamente mudo y olvidado. ¿Lo dejaremos morir?.
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